Don Mariano Galván Rivera

publicado: 5/13/2011 10:46:47 AM

Don Mariano Galván Rivera

Pintura al Oleo sobre tela  fechada 26 de Julio de 1846 del Artista Nicolás Liuño.
Fotografía  facilitada por la Sra. Bertha Sandoval Galvan descendiente del Sr. Mariano Galván.

 

DATOS BIOGRÁFICOS

Hay con frecuencia en todos los pueblos y en todos los tiempos hombres afortunados, de personalidad más que discutible, quienes por circunstancias accidentales se ven siempre colmados de honores y consideraciones, y aún después de su muerte se procura perpetuarlos, elevándoles monumentos para que su memoria no se pierda entre las generaciones futuras. Otros, por el contrario, verdaderamente beneméritos, parece que nacen predestinados al sacrificio, y no obstante sus merecimientos, pasan su vida en medio de las luchas y del más injusto olvido, y al terminar ésta, acaba su memoria como acaba también el cuerpo en las profundidades del sepulcro. En este segundo grupo se halla el hombre distinguido que es objeto de nuestro estudio y a quien podemos considerar, no sin fundamentos, como al más culto, laborioso y progresista de los editores mexicanos.

Nació don Mariano Galván Rivera el año de 1782 en el pequeño pueblo de Tepotzotlán, del Estado de México, célebre por el suntuoso templo y noviciado de la Compañía de Jesús que en él se levantan y que son considerados como joyas de nuestra arquitectura colonial. Así lo hemos visto consignado en un documento, pero nuestras gestiones para obtener su partida de bautismo han resultado infructuosas. Fueron sus progenitores don Antonio Galván y doña Gertrudis Rivera.

Nada absolutamente hemos podido inquirir acerca de sus primeros años y juventud. Sin embargo, Alamán, al tratar de la conspiración de Querétaro de 1810 en favor de la independencia, dice que "tuvo el gobierno oportuno aviso de la conjuración por la denuncia que hizo a don Joaquín Quintana, administrador de correos de Querétaro, el dependiente de aquella oficina, don Mariano Galván, que hacía de secretario de las juntas, por lo que se le premió con el empleo de tercianista de la fábrica de cigarros", y más tarde, en 1813, figura entre los amigos de doña Leona Vicario, activa colaboradora de los insurgentes, otro don Mariano Galván.

¿Corresponderán estos nombres a nuestro biografiado o serán simplemente sus homónimos? La escasez de documentos, obstáculo harto común entre nosotros, nos impide identificarlos, y por lo tanto no nos es posible asegurar ni lo uno ni lo otro. Quizá en busca de un campo más vasto en donde desarrollar su inteligencia y sus energías, se vio obligado, no sabemos cuándo, a dejar su pueblo natal y trasladarse a la capital, en donde lo encontramos establecido con un comercio de librería en el número 3 del portal de Agustinos. En 1824 figura su nombre en la lista de los diputados de la Archicofradía de Ciudadanos de la Santa Veracruz, célebre asociación religiosa fundada por Hernán Cortés en 1526 y a la que pertenecía lo más escogido de la sociedad metropolitana. El año siguiente contrajo matrimonio con doña Rafaela Rodríguez Galván, originaria de Tepeji del Río (Pue.), con quien lo ligaban, al parecer, lazos de consanguinidad, habiéndose celebrado la ceremonia de velación el 3 de junio en la parroquia de San Miguel Arcángel.

En 1826, según se desprende de las portadas de algunos opúsculos, abrio al público, en la calle de la Cadena número 2 (hoy 2ª. de Capuchinas), una oficina tipográfica en escala bien reducida, que con el tiempo aumentó considerablemente, y puso bajo el cuidado y la dirección de don Mariano Arévalo.

"Imprimióse siempre en esta casa decía en 1858 don Joaquín García Icazbalceta- con limpieza y corrección, habiendo salido de ella muchas obras notables, así por su extensión como por su utilidad. El señor Galván debe ser considerado como el fundador del comercio de librería en México y nadie ha rivalizado con él en cuanto a emprender obras importantes. Es el más antiguo y animoso editor que existe en esta capital; fue el primero que después de la independencia comenzó a generalizar los conocimientos literarios, y excitar1 a los literatos mexicanos para que escribiesen y tradujesen algunas obras destinadas a la imprenta, procurando también que los estudiantes desvalidos se animasen a buscar algún alivio de sus necesidades por tan honroso medio... Lo que distingue todas las ediciones importantes del señor Galván, sobre todo mientras poseyó imprenta, y le honra ciertamente, es que no se ha limitado a reproducir obras extranjeras, sino que las ha hecho traducir o anotar a su costa, aumentando así sus desembolsos con gran provecho del público, el que (dicho sea de paso), no siempre ha sabido corresponder dignamente a los afanes de tan laborioso mexicano". Tales elogios emitidos por tan conspicuo bibliógrafo, honran ciertamente a nuestro biografiado.

No deberá pasar desapercibido en la vida de Galván la protección que impartió a su sobrino don Ignacio Rodríguez Galván, que llegó a ser uno de nuestros más inspirados poetas románticos y a quien niño aún hizo venir de Tizayuca (E. de México) en 1827 para colocarlo en su librería.

A este respecto dice don Guillermo Prieto en sus Memorias:... "aseaba y barría la librería, hacia mandados y cobranzas, y por su aspecto y pelaje parecía un criado. El tío le alojó en su casa en su observatorio astronómico, de suerte que sus primeras relaciones fueron con los astros y con el infinito. Acaso alguna identidad de las obras de Rodríguez reflejan estas primeras impresiones. En la librería había tertulia perpetua de literatos, chancistas, clérigos de polendas, como el doctor Quintero, Moreno y Jove y otros, y poetas como Carpio. Pesado y algunos más. La discusión sobre libros y asuntos literarios impresionaron a Rodríguez, que no leía, sino devoraba los libros, sobre que llamaban la atención los parroquianos de Galván". Allí permaneció hasta fines de 1840 en que se separó con el fin de dedicarse de una manera formal a los estudios literarios, pudiendo decirse que su estancia al lado de Galván le abrió el camino de las letras a que estaba predestinado.

Dióse a conocer nuestro biografiado como editor en 1826, con su Calendario para el siguiente año publicación que aún subsiste y que bien pronto adquirió gran prestigio y circuló hasta por las poblaciones más remotas de la República, en vista de su utilidad, de los artículos religiosos, científicos, literarios e históricos que lo ilustraban, como principalmente por sus curiosas e interesantes efemérides de los sucesos más notables acaecidos en el país, Que han venido apareciendo sin interrupción desde julio de 1852.

La fama y más aun las utilidades pecuniarias que el Calendario producía a su editor, causaron la envidia de algunos que los indujo a engañar al público incauto con falsificaciones más o menos acabadas.

Este innoble proceder obligó a Galván a llamar la atención en su Calendario correspondiente al año de 1858 y después en 1861, a hacer la siguiente advertencia: "La publicación que recientemente se hace de otro calendario titulado de Marciano Galván y Rivero, empresario Blanquel; inventado para confundirlo en su venta por la semejanza del nombre y apellido con el que publica hace más de 30 años Mariano Galván Rivera, pone a éste en laestrecha necesidad de añadir al titulo común con que es conocido su calendario, el distintivo de más antiguo y evitar con esta advertencia el que la buena fe de los compradores  sea sorprendida por semejante medio"

En 1837 puso en manos del público El Año Nuevo, publicación anual de carácter literario en la que se hallan artículos subscritos por las más altas personalidades de la intelectualidad mexicana. Tan simpática publicación continuó apareciendo hasta 1840 en bien acabados volúmenes en 8o.

Más tarde fundó El Calendario de las Señoritas Mexicanas, que apareció en 1838 y continuó hasta 1843, con excepción del año anterior, en que lo impidieron los sucesos políticos del país. No perdonó Galván esfuerzo alguno porque su publicación fuese realmente digna del bello sexo al que estaba dedicada, haciéndola imprimir elegantemente en París y procurando que su material fuese va-riado y escogido, para lo que solicitó la colaboración de los más prestigiados literatos. Mas, triste es decirlo, la publicación no recibió la acogida que merecía, lo que obligó a su editor a suspenderla, no sin haber sufrido grandes desengaños.

En los años de 1827-30 publicó "El Observador de la República Mexicana" y en 1833-34 "El Indicador de la Federación Mexicana", periódicos políticos redactados ambos por el célebre doctor don José María Luis Mora.

Aparte de las publicaciones periódicas enunciadas fueron innumerables las obras de diverso carácter e importancia que salieron de la casa editorial de nuestro biografiado; libros piadosos, guías de forasteros, colecciones de leyes, libros de texto, obras religiosas, políticas, históricas y literarias, cuyo solo catálogo llenaría no pocas páginas y de desearse seria que lo formase alguno de nuestros eruditos lo que acarrearía un gran servicio a la bibliografía nacional.

Los límites de nuestro estudio no nos permiten mencionar sino las obras principales, entre las que se señalan, tanto por su mérito como por su extensión, en primer lugar la Sagrada Biblia (1831) en latín y castellano, con numerosas notas y disertaciones sacadas principalmente de los comentarios de Calmet y Vencé, en 25 volúmenes en 4o. acompañados de un magnífico atlas histórico-geográfico, grabado e impreso en los Estados Unidos, habiendo colaborado en su redacción el doctor don Manuel Carpio, el presbítero don Anastasio María Ochoa y otros renombrados escritores: El Periquillo Sarniento; (1830 y 1842) por el Pensador Mexicano, 3a y 4a. ediciones, de 4 y 5 volúmenes ilustrados, respectivamente: El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha (1833) por Miguel de Cervantes Saavedra, primera edición mexicana, en 5 volúmenes, en 8o. Ilustrados; la Colección Eclesiástica Mexicana (1834) o sea recopilación de documentos referentes a la Iglesia Mexicana en los primeros años de nuestra independencia en 4 volúmenes en 8o.; el Año Cristiano (1835) adaptado a la Iglesia Mexicana, en 18 volúmenes en 8o. escrito por el licenciado don Juan Bautista Morales con la colaboración del doctor don Manuel Berganzo, del licenciado don Luis Gonzaga Cuevas y otros; el Febrero Mexicano (1835) obra jurídica en 9 volúmenesen 4o. escrita por don Eugenio Tapia y anotada por el licenciado don Anastasio de las Pascuas; el Diccionario Razonado de Legislación (1837) por don Joaquín Escriche, ilustrado con eruditas notas y numerosas adiciones por el sabio jurisconsulto don Juan N. Rodríguez de San Miguel, en 3 volúmenes en 4o. mayor, compiladas por el referido abogado Rodríguez de San Miguel: y La Tierra Santa (1842) obra histórico-descriptiva en 3 volúmenes en 4o. Ilustrados, debida a la pluma del mencionado doctor Carpio.

Por los años de 1840 los negocios de don Mariano andaban descarrilados. Así lo manifestaba él mismo en su último Calendario de las Señoritas Mexicanas: "Bien sabido es, graciosas y apreciables señoritas, que en los acontecimientos políticos de las naciones, sus individuos sufren en todo, y más particularmente en sus fortunas, transiciones asombrosas; de modo que cuando en unos se elevan en poco tiempo, a un grado de esplendor increíble, en otras, siendo por desgracia los más, disminuyen casi hasta tocar su ruina. Al editor de este Calendario, por una fatalidad le ha tocado lo último, y además tiene otro motivo de queja, y es que vosotras en parte habéis contribuido a su desgracia, por no comprar el calendario, que con tanto afán os ha dedicado en los años anteriores al de 1842".

Aunque es cierto que los trastornos políticos contribuyeron en gran parte a causar la ruina de Galván, hay sin embargo que tomar en cuenta que no obstante su talento y su espíritu de empresa, más que comerciante fue un librero culto y de vuelos muy superiores al medio intelectual que lo rodeaba. La fortuna indudablemente no le habría sido tan adversa si se hubiera concretado a editar obras frívolas y hasta sin mérito literario, como poesías eróticas y no-velas amatorias o sicalípticas tan buscadas por nuestro público y con cuya lectura lo que menos pierde es el tiempo. Desgraciadamente el transcurso de los años no ha venido sino a propagar y refinar tan perniciosa afición, muestra patente del grado de cultura y moralidad en que nos hallamos.

Debido a estas circunstancias le fue preciso presentarse en concurso de acreedores, el que nombró en calidad de interventor al distinguido librero y bibliógrafo don José María Agreda. El resultado fue que Galván se viera precisado a hacer cesión de sus bienes con lo que quedaron saldados casi en su totalidad sus débitos, habiendo pasado la librería a poder del expresado señor Agreda y la imprenta al de don Vicente García Torres.

Tan lamentable fracaso no desalentó en lo más mínimo el ánimo de nuestro biografiado, quien dotado de una energía y perseverancia superiores, supo abrirse camino en medio de las dificultades para reorganizar y dar nueva forma a su negociación y a la vez que entregaba ésta a manos ajenas, instalaba y abría al público en 1842 otra librería en el número 7 del portal de Mercaderes.

En el nuevo establecimiento prosiguió la animosa tertulia que a su alrededor formaban sus amigos, en la que se comentaban los sucesos políticos del día, se discutía y se murmuraba. Entre los contertulianos se contaban los abogados Larráinzar, el doctor don J. Guadalupe Arriola, el licenciado don Marcelino Castañeda, y don José María de Agreda y Sánchez, a la sazón pasante de Derecho.

Sin embargo de que desde entonces ya no pudo disponer de imprenta propia, no desmereció ni un ápice su marcado afán de dar a la publicidad cuantas obras y opúsculos juzgaba de utilidad, para lo cual recurría a diversos establecimientos tipográficos. En 1858, ignoramos el motivo, trasladó nuevamente su librería al interior de su casa habitación, situada en el número 5 del Callejón del Espíritu Santo (hoy la. de Motolinia), donde permaneció hasta su muerte.

En la que podríamos llamar su segunda época de editor, dio a la estampa diversas obras notables, como la Historia Universal (1848) por el Conde de Segur, traducida al castellano por don Alberto Lista, en 12 volúmenes en 4o., a la que agregó un apéndice en el que proponía dar a conocer en particular y con alguna extensión la historia de los países americanos y del que sólo apareció el primer volumen referente a México, habiendo quedado sin terminar el siguiente en el que debería continuar la Historia Nacional, la Nueva Colección de Leyes y Decretos Mexicanos (1853) en varios volúmenes en 4o. mayor; y el Concilio 111 Provincial Mexicano (1859) en un grueso volumen en 4o., con su texto latino seguido de su correspondiente versión castellana hecha por primera vez por el presbítero licenciado don Miguel Velázquez de León e ilustrado con innumerables y eruditos comentarios y anotaciones debidas a la docta pluma del  P. Basilio Arrillaga, Provincial de la Compañía de Jesús.

Estaba dotado nuestro biografiado de un talento nada vulgar, poseía una vasta ilustración y una afición decidida por las letras, las ciencias y las bellas artes, como lo demuestran, además de los hechos que hemos narrado, el observatorio astronómico que hizo construir en su domicilio, los instrumentos musicales que poseía y la respetable galería de pinturas que había logrado reunir. Era el tipo acabado de la honradez y la probidad y en su larga vida tanto en sus costumbres públicas como privadas, siempre dio notorio ejemplo de religiosidad y de grandes virtudes. Una de sus distracciones favoritas en las que solía ocupar sus ocios eran las cacerías en cuyos ejercicios era bastante diestro.

En política profesó las ideas conservadoras y la única vez que lo encontramos tomando participio en las cosas públicas fue en 1862, en calidad de miembro de la Asamblea de Notables, que decidió el establecimiento de la monarquía como la forma de gobierno más conveniente a los intereses de la nación. Esto motivó que cinco años después, al ser derrocado el Imperio por el partido liberal, fuese reducido a prisión y recluido en el Convento de la Enseñanza en unión de un considerable grupo de distinguidas personas, donde permaneció hasta el 9 de julio en que fue puesto en libertad en atención a lo delicado de su salud.

A la edad de noventa y cuatro años, todos de actividad y de merecimientos, falleció nuestro biografiado el 28 de abril de 1876, víctima de una congestión cerebral y casi en el olvido. Este fue, como es frecuente el premio que el mundo reservó al hombre intachable que consagrara su vida casi secular al fomento y desarrollo de la ilustración, dejándonos grandes ejemplos que imitar, principalmente en los momentos actuales en que la patria es teatro de grandes y trascendentales acontecimientos de los que está pendiente su porvenir.

 
© copyright 2010 - 2011 Calendario del Más Antiguo Galván