Un viaje secreto de la Guadalupana
publicado: 5/25/2010 8:25:47 PM
Durante medio milenio la Virgen de Guadalupe ha simbolizado la libre fe católica del pueblo mexicano. Sin embargo, en la década de los años veinte se vivió una etapa muy difícil ante la coyuntura post-revolucionaria que entonces caracterizaba al país. Las circunstancias tan adversas obligaron a quitar la santísima imagen de la Virgen de su pedestal en la Basílica de Guadalupe, la cual se mantuvo oculta por tres años, hecho de trascendencia, pero del que muy poca gente se ha enterado. Ante la certeza de que esa aventura es digna de darse a conocer a nuestros amables lectores, se refieren a continuación algunos eventos notables de ese viaje secreto e ignorado de la sagrada imagen. , Debido a diversas y complejas circunstancias que no vienen al caso precisar en este escrito, la relación entre el gobierno del General Obregón (1920-1924) y la iglesia católica era muy tensa. Un momento crítico de ese distanciamiento llegó el 14 de noviembre de 1921, cuando Un individuo colocó un gran ramo de flores a los pies de la imagen de la Virgen de Guadalupe, en la antigua Basílica. Pero dentro del ramo se escondía una bomba de dinamita, la cual explotó unos momentos después provocando daños impresionantes, ya que pulverizó cristales e incluso masas de mármol y otros materiales de gran resistencia. Pero ante la sorpresa de todos, puesto que la tremenda explosión ocurrida permitía suponer que el altar debería estar en ruinas, el sagrado ayate de Juan Diego con la pintura de la Virgen de Guadalupe no sufrió el más mínimo daño, hecho que se consideró un milagro. Ante ese atentado, los fieles organizaron múltiples actos de protesta, que culminaron con una magna manifestación de desagravio en el Zócalo capitalino.
A partir de entonces (1921), la ruptura con el gobierno se agravó cada vez más, por lo que era de temerse un nuevo atentado contra la santa imagen guadalupana, dado que era el símbolo del catolicismo en México. Por ello, el pintor Rafael Aguirre ofreció al Arzobispo Mora y del Río elaborar una reproducción fiel del cuadro de la Virgen. La idea era sustituir la imagen guadalupana con esta réplica y esconder la original en lugar seguro hasta terminar el conflicto, para mantenerla a salvo de cualquier otro atentado u ofensa. Pero no se tomó ninguna decisión y cuando un nuevo gobierno -ahora encabezado por Calles- tomó posesión en 1924, la situación se agravó todavía más y la Iglesia determinó cerrar todos los templos. En ese trance, la Basílica tendría que dejarse en manos de las autoridades municipales, y así la pintura original quedaría vulnerable. Por ello, las autoridades eclesiásticas retomaron la idea del pintor Aguirre y le suplicaron que a la brevedad realizara la copia propuesta de la guadalupana. Este artista trabajó día y noche durante algunas semanas y logró terminar su réplica a tiempo.
Hacia la medianoche del 26 de junio de 1926 y en gran secreto, se reunió en la Basílica un grupo de obreros, otras personas y autoridades eclesiásticas, quienes retiraron el cuadro sagrado de su sitio ancestral, entre infinitas precauciones, lágrimas de emoción y profundo respeto. La imagen original fue reemplazada por la copia de Aguirre y quedó colocada en el lugar habitual. Para todos los presentes resultó sorprendente el notable parecido logrado, ya que nadie se dio cuenta del cambio. Mientras tanto, el ayate de Juan Diego se ocultó dentro de un gran ropero chino que estaba en la sacristía. Pero las autoridades vigilaban el atrio de la Basílica y no dejaban entrar ni salir a personas con objetos voluminosos, por lo que el Abad Cortés ordenó abrir una brecha en el muro posterior para salir al Convento de las Madres Sacramentarias, situado justo atrás de la Basílica. En ese lugar esperaba un destartalado camión de mudanzas, cargado con camas y colchones, lo que se aprovechó para subir el mueble chino con su preciosa carga. Un soldado de la Montada trató de impedir la salida, pero se logró su permiso gracias a una generosa propina.
De esa manera, luego de atravesar calles apartadas para no despertar sospechas y a pesar de que no pudo evitar varias paradas obligadas por agentes de tránsito, finalmente logró llegar a la casa del Señor Ingeniero Luis Felipe Murguía Terroba, en las calles de Meave, el 30 de junio de 1926. El Ingeniero Murguía, perteneciente a la familia que ha venido elaborando el Calendario de Galván desde el siglo pasado, tuvo la grata distinción y la enorme responsabilidad, de ser encargado como custodio de la santa imagen guadalupana, la cual quedó escondida en su casa varios meses. El Señor Murguía cambió de domicilio el 15 de julio de 1927 al edificio de la Antigua Librería de Murguía, ubicado en Portal del Águila de Oro, hoy AV.16 de Septiembre No.54, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. En ese lugar estuvo escondido el famoso ropero chino con la imagen de la Virgen, pintura a la que nadie tuvo acceso, ni siquiera la misma familia Murguía, durante todo el tiempo que duró el exilio de la venerada imagen.
Felizmente, al término de la gestión de Calles y luego de delicadas negociaciones, las relaciones entre el Estado y la Iglesia se restablecieron y volvió la normalidad religiosa al país. El 28 de junio de 1929, casi tres años después de su salida, la histórica imagen guadalupana pudo regresar a su lugar original. En efecto, ese día se reinstaló en su marco de oro y plata en la Basílica, luego de sacarse del famoso mueble chino que la protegió, encontrándose en perfectas condiciones. Así regresó a la veneración pública, sin que nadie más conociera que había estado treinta y cinco meses ausente del lugar donde todos suponían que se ubicaba. El señor Abad de la Basílica propuso, y se aprobó de manera unánime, que el mueble chino que guardó con tanta felicidad la imagen, así como la copia de la Virgen realizada por el pintor Aguirre, fueran obsequiadas a la familia del Señor Ingeniero Murguía, en justa retribución simbólica y muestra de eterna gratitud por el enorme riesgo y la responsabilidad que habían enfrentado en esos difíciles años como guardianes de tan excepcional legado de la historia religiosa de México.
Termina así este sorprendente relato y queda plasmado en la presente edición del Calendario de Galván, un hecho único e insólito, el prácticamente desconocido Viáje Secreto de la Guadalupana, que la familia de nuestros editores desea dar a conocer y compartir con sus asiduos lectores.
